Hablando de la Iglesia en la tierra, es de esperarse que en ella, como en cualquier organización eficaz, encontremos a una cabeza visible, identificable y con autoridad (en este caso el Papa).
Pero definitivamente una sola persona no puede cargar con toda la responsabilidad que significa guiar a tantos millones de personas mostrándoles el camino correcto y más seguro hacia la santidad.
Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica (877): «Es propio de la naturaleza sacramental del ministerio eclesial tener un caracter colegial.» Y añade: «En efecto, desde el comienzo de su ministerio, el Señor Jesús instituyó a los Doce, "semilla del Nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada". Elegidos juntos también fueron enviados juntos, y su unidad fraterna estará al servicio de la comunión fraterna de todos los fieles; será como un reflejo y un testimonio de la comunión de las Personas divinas. Por eso, todo obispo ejerce su ministerio en el seno del colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de S. Pedro y jefe del colegio; los presbíteros ejercen su ministerio en el seno del presbiterio de la diócesis, bajo la dirección de su obispo».
Este ministerio al que se refiere el párrafo anterior es el que la Jerarquía ha desempeñado fielmente desde hace casi 2,000 años y se resume en tres acciones básicas y elementales:
San Pablo deja en una de sus cartas (Rm 10, 14-15) una idea clara al respecto de lo que la Iglesia, como Jerarquía, tiene obligación de hacer: «¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?». Veamos cada función de esta Jerarquía:
ENSEÑAR.
Su función es hacer lo que Jesús mandó a sus discípulos justo antes de subir al
Padre, a los cielos: «Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda creatura.
Quien crea y sea bautizado, se salvará; pero quien no crea, se condenará»
(Mc 16, 15). Esto, aunado a la confianza de que el Espíritu Santo está detrás
de los responsables de enseñar dentro de la Iglesia dándoles esa infalibilidad en materia de fe y moral,
le da a la Jerarquía de la Iglesia las armas necesarias para cumplir su misión
y a nosotros, los fieles, la seguridad de que estamos en buenas manos y de que
podemos seguir ciegamente las indicaciones que recibimos de quienes tienen esa
misión divina de guiarnos fielmente hasta nuestro fin último.
SANTIFICAR.
Los obispos y sus colaboradores, los presbíteros, son los administradores de la
gracia a través de los sacramentos. Particularmente lo anterior es cierto con
la Eucaristía, ya que ésta es el centro de la vida de la Iglesia particular (es
decir, en cada parroquia; en cada colonia). Igualmente santifican la Iglesia
con su oración, su trabajo y con el ministerio de la palabra. Finalmente
santifican con el ejemplo «no tiranizando a los que os ha tocado cuidar,
sino siendo modelos de su grey» (1 P 5, 3).
GOBERNAR.
¿Cómo puede ejercer la Jerarquía su autoridad sobre MÍ?, podrías preguntarte.
Definitivamente no es ninguna autoridad del tipo que te pueda meter a la cárcel
o que te mande a la cama sin cenar, pero sí es una autoridad indiscutible,
otorgada por Jesús mismo desde que instaruró su Iglesia, cuando le dijo a
Pedro, el primer Papa: «Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto
ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19) y a los primeros 72 discípulos que envió Jesús «de dos en dos para
que fueran, delante de él a todas las ciudades y lugares donde él había de ir»
les dijo: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y a quien a vosotros
rechaza, a mí me rechaza. Y quien me rechaza, rechaza a quien me ha enviado»
(Lc 10, 16). Así, cuando la Iglesia se ha pronunciado en contra del aborto, del
divorcio, etc., debemos tener la certeza de que estos mandatos y
pronunciamientos son de acuerdo al parecer del mismísimo Dios.
Hay que colaborar con estas personas que han decidido entregar toda su vida al servicio de Dios aquí en la tierra y que nos apoyan y guían para acercarnos la Palabra de Dios y alcanzar nuestra salvación. Hay que ayudarlos y apoyarlos en todo momento con nuestra colaboración y con nuestras oraciones, y, cuando alguno cometa un error (porque son humanos y también cometen errores), ayúdalos más y reza por ellos más, y si es preciso hazles notar el error, siempre con caridad cristiana, pero no los critiques ni hables mal de ellos, pues el único que puede juzgarlos es Dios mismo. Apóyalos y ora por ellos, porque ellos oran por ti; y ellos, cumpliendo el mandato de Jesús entregan su vida para servirte y para servir al Creador. Recordemos siempre que todos ellos, desde el Papa hasta el presbítero recién ordenado, religiosos y religiosas, todos los que entregan su vida por Dios, merecen nuestro mayor respeto, admiración y cariño.