El Santo Rosario

Si bien el Rosario es una práctica mariana, es también una manera que propone la Iglesia desde hace siglos para conocer y tratar a Jesús mediante la meditación y el continuo repaso de los misterios de su Vida, sabiendo que para amar y “configurarse” con alguien, primero hay que conocerlo y tratarlo.

Los siguientes puntos, tomados de la Carta Apostólica de Juan Pablo II “El Rosario de la Virgen María”, de octubre de 2002, explican el sistema propuesto por el Santo Padre para rezar esta magnífica práctica, ayudándonos a obtener el mayor beneficio espiritual de ella.

Los diferentes misterios aparecen desglosados en la página Los Misterios del Santo Rosario de este mismo sitio, por si quieres repasarlos. Apoyándonos en los mismos textos de su Carta, cada Misterio se compone de:

1.      El enunciado del misterio en cuestión. “Las palabras (del enunciado) conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo (...) Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino”.

2.      La escucha de la Palabra de Dios. “Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente (...) escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí» (...) no se trata de recordar una información, sino de dejar «hablar» a Dios”.

3.      El silencio. “Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal para fijar la atención sobre el misterio meditado”.

4.      El “Padrenuestro”. “Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre”.

5.      Las diez “Ave Maria”. “Precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. La primera parte, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por Santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María– (...). Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia (...).

“El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús (...).

“De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte”.

6.      El Gloria. Al final nos encontramos “ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario (...) como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9, 33)”.

7.      La jaculatoria final. Posterior al Gloria “sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar (...) una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen»”.

8.      El ‘rosario’. Es el “instrumento tradicional para rezarlo (...). Lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes, todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre”.

9.      Inicio y conclusión. “En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario (...). En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme» (...); en otras, se comienza recitando el Credo (...). Éstos y otros modos similares (...) son usos igualmente legítimos.

“La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa (...). Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones”.

Normalmente se termina con el rezo del Salve Regina o con las Letanías lauretanas.


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